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Rete dei Comunisti (Red de Comunistas), Cambiare Rotta (Cambio de Rumbo), Oposición estudiantil de alternativa (O.S.A.)
El 29 de enero, el actual presidente norteamericano, Donald Trump, firmó una “orden ejecutiva” que declaraba a Cuba como emergencia nacional, señalando que el país representaría “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior”.
Trump declaró que el país sería un refugio seguro para grupos “terroristas transnacionales” como Hamas y Hezbollah, reavivando las acusaciones por las cuales había restablecido a Cuba en la lista de países que patrocinan el terrorismo 6 días después de que Joe Biden -al final de su mandato- la retirara tardíamente.
Las palabras de Trump son una clara voluntad de venganza por el apoyo internacionalista que Cuba y su pueblo han dado a la resistencia árabe-palestina y contra el genocidio perpetrado por Israel en Gaza.
La decisión norteamericana de finales de enero se acompañó de la amenaza de sancionar a los países que suministran petróleo crudo a la isla caribeña, ya penalizada por no recibir los cerca de 40 mil barriles diarios que la República Bolivariana de Venezuela estaba en condiciones de hacer llegar antes la militarización de una parte estadounidense del Mar Caribe: una verdadera “ocupación naval” que se produjo el pasado mes de agosto imponiendo un pesado filtro al comercio naval -al que se han acompañado verdaderas acciones de piratería y ejecuciones extrajudiciales- obtenido con esta nueva política de las cañoneras aplicada por Washington.
Tanto Rusia como China y algunos países latinoamericanos se han pronunciado en contra de este endurecimiento del bloqueo estadounidense a Cuba, con México enviando ayuda material a la isla y otros estados, entre ellos la Federación Rusa, que está estudiando cómo ayudar al país.
La “diplomacia desde abajo” también está avanzando con iniciativas y campañas humanitarias, pero con un horizonte político claro.
Está claro que, por un lado, los EE.UU. están intentando de manera muy asertiva restablecer su supremacía en lo que llaman el “hemisferio occidental”, tal como se expresa en el documento que guía la política exterior norteamericana -lo que Trump llamó, con un neologismo, “Doctrina Don Row” – y por otro lado lanzan un mensaje al mundo entero sobre el hecho de que no abandonarán su dominio de las relaciones internacionales en un contexto de creciente “iper-competitividad” incluso con su anterior aliado euroatlántico: la Unión Europea.
Los EE.UU. están imponiendo el “estrangulamiento” de la isla como un castigo colectivo que penaliza concretamente a la población para imponer “con un arma apuntada a la cabeza” sus deseos y su capacidad de resistencia.
En una reciente conferencia de prensa ante los medios nacionales e internacionales -la primera después de la agresión militar estadounidense a Venezuela el 3 de enero- el presidente cubano Díaz-Canel en una comunicación que duró más de dos horas explicó las medidas que está adoptando y las que quiere implementar para hacer frente a la muy difícil coyuntura debida a lo que, mutatis mutandis, recuerda un asedio de tipo medieval. La población no está reaccionando pasivamente, sino con la movilización permanente y con las formas de resistencia creativa que han caracterizado su historia.
En su largo discurso, lo que llamó la “guerra de cuarta generación” por parte de los EE.UU., quiso aclarar que se trata de una guerra que se desarrolla en muchos planos, entre ellos el político-ideológico: “imponer la visión del mundo de la mayor potencia imperialista haciéndola hegemónica sobre todos” y el cultural: “para afirmar esa ideología es necesario destruir el vínculo entre los pueblos y sus raíces, haciendo a sus ojos obsoleta la propia cultura y la propia historia, algo de lo que avergonzarse, de lo que negarse”.
Pensamos, ahora más que nunca, que es necesario defender políticamente la Revolución Cubana y el proceso de transición socialista de los ataques norteamericanos y su complicidad occidental.
Es necesario recordar su coherente internacionalismo que siempre le ha hecho pagar un precio altísimo de sangre por la Liberación de los Pueblos Oprimidos como lo demostró también recientemente con el sacrificio de 32 ciudadanos cubanos que perdieron la vida defendiendo la integridad del Presidente Maduro y de “primera combatiente” Cilia Flores y la asistencia sanitaria fiel al lema fidelista: “Médicos, no bombas”.
Es urgente contribuir a las campañas de apoyo concreto y material que buscan romper el asedio sobre la isla.


